
Maridos, . . . vivid con [sus esposas] sabiamente, . . . para que vuestras oraciones no tengan estorbo. —1 Pedro 3:7
Mi esposa, Marlene, y yo, llevamos unos 30 años de casados, y hemos aprendido a apreciarnos mutuamente y a que cada uno disfrute de las cualidades únicas del otro. Pero, aun después de todos estos años, ella sigue sorprendiéndome de vez en cuando. Recientemente, su reacción a un artículo en las noticias fue totalmente opuesto a lo que yo había esperado.
Le dije, «Vaya, me has dejado sorprendido. Jamás habría pensado que irías a parar allí en cuanto a este asunto». ¿Su respuesta? «Tu trabajo es entenderme, ¡y el mío es hacerte seguir adivinando!» La responsabilidad de entender al cónyuge es lo que mantiene la vida matrimonial interesante y en crecimiento.
Este es un antiguo desafío. Pedro escribió: «Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo» (1 Pedro 3:7). Consideró que era una prioridad que el esposo se dedicara a estudiar a su esposa —para conocerla y comprenderla. Sin ese compromiso de entender a su cónyuge, un esposo no es capaz de hacer lo que sigue —honrarla.
Como esposo, si he de amar a mi esposa tal y como Cristo ama a la Iglesia (Efesios 5:25), este amor comenzará con el esfuerzo deliberado y constante de entenderla aún más.
EL MATRIMONIO PROSPERA
EN UN CLIMA DE AMOR Y RESPETO




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