28.11.07

El Altar de la Confesión

"Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz que clamaba, y la casa se llenó de humo. Entonces dije: ¡ay de mi! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos".Isaías 6:1-5
Cuando nos acercamos al trono de Dios y reconocemos su presencia, el pecado nos confronta y pesa en nuestra mente. Tras una confrontación tan divina, es adecuado confesar nuestros pecados, tal como lo hizo Isaías cuando experimentó la gloria de Dios.
Antes de la muerte de Cristo se ofrecían sacrificios en un esfuerzo por expiar o reparar el pecado del pueblo. Se ofrecían ofrendas de sangre sobre un altar. Hoy día no es necesario ofrecer un animal para obtener el perdón de pecados.
Cristo se ofreció a sí mismo como sacrificio por ti para que se perdonaran tus pecados. 1ª de Juan 1:8-10, dice: "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para personar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros".
Al confesar, tu permites que Dios te examine el corazón, y así Él te muestra lo que te separa de Él, es decir, las barreras que te impiden una plena experiencia con Dios.
No es posible disfrutar de una comunión absoluta con el Padre si en tu vida hay pecado sin confesar. Las hermosas palabras del Salmos 139 ilustran la actitud adecuada para la confesión.

EXAMINAME, OH DIOS, Y CONOCE MI CORAZON
PRUEBAME Y CONOCE MIS PENSAMIENTOS
Y VE SI HAY EN MI CAMINO DE PERVERSIDAD,
Y GUIAME EN EL CAMINO ETERNO.
SALMOS 139:23-24

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